ANTES DE EXPLICAR NUESTROS HALLAZGOS acerca de la cultura Mochica en sus múltiples manifestaciones, procurando una visión completa de ella, tan imperfectamente estudiada hasta hoy, se nos van a permitir algunas apreciaciones fruto de dilatados estudios sobre el terreno acerca de las culturas costeñas, su origen, evolución y la forma como ejercen influencia entre sí.
Arqueólogos eminentes mantienen, desde hace algunos años, la opinión de que las culturas costeñas tuvieron su nacimiento en las culturas arcaicas de los Andes. Pero tal tesis se ha venido a tierra, a raíz de los descubrimientos de los restos arqueológicos de Queneto y Cupisnique. Actualmente, en la investigación sobre el pasado peruano de la costa, podemos remontarnos hasta tiempos primitivos coetáneos o más remotos que aquéllos en que florecieron las culturas serranas. Pueblos que crearon a lo largo del litoral peruano, en algunos de sus más fértiles valles, poderosos núcleos de civilización, que realizaron obra asaz original, muy interesante y, por tanto, de positivos méritos.
Si la especie humana es una, como aseguran hoy destacados hombres de ciencia, y por tanto ha atravesado por iguales etapas de evolución en su lucha por dominar la naturaleza y sus agentes, y por sustraer su espíritu de la terrible dictadura de aquélla, que le ha brindado todas las posibilidades para que su poder de creación encuentre terreno fértil y su perfeccionamiento y adquisiciones hagan más viable y generoso el destino del hombre, es lógico suponer que en América, como en Europa y otros continentes, el proceso cultural ha sido semejante, y ha variado sólo en cuanto a la mayor o menor influencia de factores locales que han acelerado o retardado ese esfuerzo de liberación del espíritu de las fuerzas que conspiran contra la finalidad que aquél persigue.
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Es sabido que las culturas europeas y asiáticas arrancan de una etapa en que el hombre utiliza la piedra como principal material de construcción. Queneto, que descubrimos en el curso del año de 1935, parece que se origina de un estadio espiritual semejante, sin que esta afirmación signifique que identifiquemos las culturas europeas con las del Nuevo Mundo, especialmente las peruanas. Queneto da la impresión de constituir el conjunto de ruinas de más remoto origen hasta hoy conocidas en la región marítima del Perú.
Veamos cómo se ofrece hoy Queneto a la mirada zahorí del arqueólogo. A pocos kilómetros de la hacienda Tomabal, en el valle de Virú, departamento de La Libertad, cerca de los primeros contrafuertes de la cordillera Occidental de los Andes, existe una pequeña quebrada que lleva el nombre de Queneto, nominación que le viene del cerro de cuya sima arranca. Este territorio constituye una de las típicas ensenadas de la parte alta de los valles costeros, constantemente modeladas por las aguas de aluviones que se llevan la arena y la tierra vegetal de la superficie, y la dejan cubierta de pedruscos de todos tamaños.
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A escasa distancia de las parcelas cultivadas del valle se hallan tres monolitos en hilera, a más de diez metros los unos de los otros, los mismos que, por su tamaño y su forma, nos demuestran que han sido trasladados conscientemente y con determinado fin a ese paraje. Una vez en el lugar, se comprueba que los tres bloques han sido derribados por las aguas que discurrieron por la quebrada en el transcurso de aluviones. Uno de ellos está roto (Fig. No. 2): la base se encuentra aún plantada en la tierra, hecho que induce a creer que tiempo atrás estas piedras estaban colocadas verticalmente como tres grandes columnas. Son bloques sin labrar ligeramente desbastados. Cerca de ellos, los pedruscos son pequeños y el terreno da la impresión de haber sido cuidadosamente limpiado antes de erigir los monolitos.
A algunas decenas de metros más allá se ven los primeros vestigios de construcciones líticas que obedecen a ordenación. Por efecto del poder destructor de los fenómenos naturales, solamente quedan indemnes las piedras que formaron las bases. El conjunto constituye un gran recinto compuesto de patios centrales encuadrados por habitaciones. Lo poco que aún resta demuestra que poseían ciertos conocimientos de la técnica de construcción, aun cuando el material empleado y su colocación reflejan conocimientos rudimentarios.
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Internándose algunos kilómetros más se encuentran restos de edificaciones cuyo número, seguramente, fue crecido.
Al lado norte de la quebrada, y en terreno contiguo a una escarpa, el viajero es sorprendido por dos plazoletas o plataformas dignas de atención. Están formadas por dos grandes rectángulos construidos con piedra (Fig. No. 3), dentro de los cuales se alzan dos menhires, semejantes a los monolitos descritos al comienzo. Después de una cuidadosa observación, se descubre que, a pesar de que las construcciones son colindantes, la técnica y el material empleados en una y otra divergen, por lo que corresponden a edades diferentes.
La primera plazoleta, que llamaremos “A”, es un rectángulo que mide 43,30 m de largo por 32,80 m de ancho. La pared que le sirve de perímetro está hecha de piedras pequeñas y lajas cuidadosamente superpuestas, de acuerdo con sus formas y dimensiones. El tipo de construcción de estos muros es semejante a los vestigios que se encuentran cerca de los monolitos caídos. En el extremo oeste de la construcción, a una distancia de 15,90 m y 15,85 m, respectivamente, de ambos costados, y a 10,40 m del muro del fondo, se yergue prepotente un monolito que alcanza 3,60 m de altura (Fig. No. 4).
La plazoleta se ofrece limpia, a excepción de algunos cantos provenientes, seguramente, de las escarpas vecinas. Las grandes piedras del rededor parecen demostrar que esta plazoleta fue construida en forma correspondientes a un período remoto, anterior al de la plazoleta “A”. Son fábricas líticas arcaicas, en las que se ha utilizado la técnica más antigua que conoce el hombre. Son exponentes de la energía y del ingenio constructor prehistóricos.
Las observaciones arriba señaladas nos inclinan a creer que estas alineaciones de grandes piedras y menhires hallados constituyen los monumentos más antiguos de las civilizaciones costeñas del Perú, siendo Queneto un exponente.
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En los alrededores de estos vestigios se encuentran fragmentos de cerámica de diferentes tipos, y llaman especialmente la atención los restos de vasijas que ofrecen un pulimento rudimentario, los mismos que han sido clasificados en el Museo Rafael Larco Herrera como correspondientes a un período primitivo. Pero la más generalizada es la cerámica burda, sin pulimento alguno, de contextura gruesa, con grabados muy elementales, creaciones de las culturas más incipientes de la costa. Entre estos fragmentos existen también algunos provenientes de la cerámica mochica, lo cual es muy natural, ya que a poca distancia se encuentran trazas de edificaciones pertenecientes a esa cultura. A 40 metros de las plataformas descritas se hallan grabadas en cientos de piedras, semejantes a las que constituyen los alineamientos de la plazoleta “B”, pictografías interesantísimas que la incansable y destructora labor del tiempo no ha podido borrar (Figs. Nos. 10, 11 y 12).
No es posible precisar cómo se hicieron estas pictografías, ni cómo ha podido perdurar a través del tiempo el color impregnado en la roca. Los dibujos son de un primitivismo que salta a primera vista. Este arte balbuciente representa por simples líneas los cuerpos humanos y sus extremidades. Las manos ofrecen a veces tres y cuatro dedos, vistas por el artífice que percibía la primera luz en las densas sombras que cercaban su espíritu. Y los ojos, la nariz y la boca, como en los dibujos infantiles, son representados con líneas y puntos en forma de simples esquemas. Se encuentran también dibujos de felinos en los cuales la conformación de la cabeza, los dos ojos colocados en un mismo plano, las patas simuladas por simples líneas, nos dicen bien claro del incipiente desarrollo de aquellos posibles iniciadores del arte peruano, que después alcanzaría un maravilloso desarrollo. Son cientos de piedras las que ofrecen pictografías. similar a la “B” –que luego estudiaremos–, y que en época posterior fue destruida, en circunstancias no conocidas, y se edificaron entonces las paredes que hasta hoy subsisten.
La plazoleta “A” (Fig. No. 4) se comunica con la vecina por medio de un pasaje de 1,75 m de ancho. Sigue un recinto pequeño y luego una explanada que distinguiremos con el nombre de plazoleta “B”, la misma que acusa 26,60 m por lado. De primera intención se comprueba que se trata de una construcción antigua, pues las paredes circundantes están formadas por grandes piedras, análogas a las que se han encontrado en las edificaciones más antiguas del mundo (Figs. Nos. 7 y 8). En ellas no se halla trabajo sistematizado, simplemente nos encontramos con el fruto de la labor de acarreo y de alineación de grandes rocas, caídas unas e inclinadas otras, que han sido transportadas con notable dispendio de energías de las laderas vecinas.
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El sistema empleado en la edificación de la plazoleta “B”, por su simplicidad y material usado, comprueba ampliamente que se trata de construcciones antiquísimas Los motivos más frecuentes en ellas son cabezas de seres humanos degollados; serpientes, cóndores y otras aves; estrellas rudimentariamente expresadas; hombres que adoptan distintas posturas y en cuyas representaciones ya asoma cierta idealización.
Esta técnica decorativa y el estilo del dibujo –toscas representaciones de la realidad– no se hallan en ninguno de los períodos pre Cupisnique y Cupisnique posteriores, siendo menos avanzados. Es de suponer, por tanto, que esas pictografías constituyen las primeras manifestaciones de arte de los pobladores de la costa, y son documentos valiosísimos que dan fe del momento admirable en que el primitivo peruano emerge del mundo del instinto y las apetencias materiales para descubrir la llama interior de su espíritu.
Los dibujos de esas grandes rocas son antiquísimos y en ellos se ha utilizado el mismo material pétreo de las alineaciones de la plazoleta “B”. En cuanto a las representaciones de animales, parecen guardar relación con el posible culto al que dedicaron las plataformas descritas. El felino, el cóndor, la serpiente y la iguana son ciertamente animales que constituyen el núcleo principal de las divinidades de la religión zoólatra de los primeros pobladores del Perú, creencia que sobrevive en algunas prácticas religiosas de los mochicas.
¿Qué fin cumplían estas construcciones líticas? ¿Qué creencia interpretaban? y ¿Qué sentido entrañó la erección de los menhires dentro de las plazoletas? Las respuestas no son fáciles. Parece que el anhelo de perennidad está imbíbito en el espíritu humano, y desde los comienzos de la vida del hombre en la tierra se traduce en la serie de construcciones que dedica a sus divinidades vencedoras de todo lo precario. Los peruanos, como los mayas, egipcios, hindúes, chinos y todos los pueblos del mundo, fueron profundamente religiosos, y tal cauce tomaron todas las manifestaciones de su arte y, en general, toda su actividad creadora. Queneto, seguramente, fue un santuario, y sus menhires fueron los ídolos o símbolos de sus divinidades, ídolos duros y ásperos como para resistir todas las contingencias de las fuerzas naturales o humanas desatadas. Fue probablemente el primer santuario con el que una raza inició su ascensión a planos superiores; punto de arranque de un conjunto de culturas; testimonio, el más antiguo, de la obra del peruano ancestral.
Concienzudas excavaciones y esforzados estudios en este paraje de Queneto podrán arrojar mayor luz que la que llevan las anteriores observaciones, y quién sabe quede esclarecido el tramo inicial de la prehistoria del Perú.
La anterior descripción de Queneto pone de manifiesto el supuesto de que el hombre peruano, en su constante avance hacia formas superiores de cultura, utilizó principalmente la piedra como primer material en el que volcó su capacidad de trabajo y su poder de interpretación de sí mismo y del mundo que lo circundaba. Este hombre inicial –como acaeció en todas las latitudes–, para cubrir sus necesidades alimenticias, acudió a la caza y a la pesca. En el caso de Queneto, por hallarse ese paraje alejado explorar la gran extensión desierta de La Arenita, pudimos comprobar que en ese terreno, cubierto hoy por un océano de arena, rodeado de cerros por todos sus lados, había existido una población construida de piedras y adobe –probablemente–, de cuyos muros no quedaban sino pequeños hacinamientos (Figs. Nos. 14 y 15). Junto a estos vestigios, diseminados en el suelo en grandes cantidades, encontramos miles de fragmentos de la cerámica pétrea, cuyos ejemplares en el mundo no alcanzan a un centenar.
También hallamos fragmentos de cerámica roja con grabados; bícroma –a base de rojo y crema– con dibujos circundados por líneas grabadas; roja y marrón, también con dibujos circundados por líneas grabadas; roja por efecto de cocción, sin pintura de ninguna clase, con dibujos geométricos característicos; marrón pura; crema, de poca durabilidad con dibujos grabados, y otros fragmentos de cerámica típica que nosotros consideramos pertenecientes a un período primitivo, anterior a Cupisnique. Es decir que en la Pampa de los Fósiles, lugar del valle de Cupisnique que exploramos, conseguimos todos los tipos en forma y aplicación de colorido de la cerámica característica de esta cultura: desde los ceramios de aspecto pétreo hasta los correspondientes a etapas posteriores, que comprenden perfectamente los períodos transitorios entre la cerámica de Cupisnique y la del pueblo mochica.
Algunos restos de las ruinas conservan todavía la demarcación de los cimientos, cuadrangulares unos y circulares otros, que emergen de trecho en trecho y a regulares distancias. Los fragmentos revelan que los objetos han sido arrastrados por las aguas de aluviones que desde hace mucho tiempo han venido sucediéndose con cierta regularidad, con lapsos de 25 años más o menos. En las faldas de los cerros se ven claramente los estratos que han formado las enormes avenidas de agua, que no sólo contribuyeron a desalojar a la población que residía en ese lugar, sino a darle un nuevo aspecto al modificar su topografía.
Es desoladora la visión que hoy ofrece el valle de Cupisnique, huérfano de agua y de vegetación, y por tanto incapaz de brindar albergue al hombre. Pero, pensando en los cambios climáticos que ha experimentado la costa en el transcurso del tiempo, es presumible que en época lejana las lluvias y aluviones hicieron posible una próspera agricultura en la capa de de grandes corrientes de agua, debió ser simplemente la caza la que le proporcionó al hombre el sustento indispensable. Ya ulteriormente, cuando su poder de observación se acreciente, sea más rica su experiencia y la máquina de su cerebro funcione mejor, posiblemente descubra el poder germinativo de la tierra y nazca la agricultura, el paso sustancial que trueca al hombre de salvaje en civilizado.